Sobre
la federación medica colombiana
Cuando
un editorial del periódico “El Mundo” presenta a
la Federación Médica Colombiana (FMC) como sindicato
neófito, es porque ignora la historia de la medicina en
Colombia. Y esto en sí no es reprochable, pues no es
obligación conocerla. Lo que sí llama la atención
es que el editorialista que carece de ese tipo de información,
no busque llenar su vacío antes de pronunciarse. Es frecuente
ver que tal conducta obedece a mentes prejuiciosas y no a
inteligencias abiertas. Lo mas grave es que bajo el prejuicio se
descalifique y condene, aprovechando posiciones de poder como es una
columna editorial en un diario que influye en la formación de
opinión regional, contraviniendo una de las normas éticas
de la profesión periodística, cual es la de informar
preservando la objetividad.
Decía
ignorancia, porque la FMC es una institución
científico-gremial que tiene 70 años de haber sido
fundada y ha participado activamente en el desarrollo de diversas
políticas en salud acogidas por el Estado colombiano. Entre
muchas, ni mas ni menos que la creación del Ministerio
Nacional de Higiene en reemplazo de la Dirección Nacional de
Higiene; la ley 23 de 1981 o Ley de Etica Médica y el artículo
26 de la Constitución Política de Colombia, todas
iniciativas de la Federación; además, la FMC es asesora
del gobierno nacional y por ello ocupa un escaño como Asesor
Permanente en el Consejo Nacional de Seguridad Social en Salud. Esto,
para mostrar solo algunos ejemplos de sus actividades, pues también
la FMC participó en la creación de la Asociación
Médica Mundial, luego de la Segunda Guerra Mundial, la cual
hizo parte del equipo redactor de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos y de los Protocolos de Ginebra, marco
fundamental del Derecho Internacional Humanitario, suscritos por el
Estado colombiano.
Hasta
antes del 4 de diciembre pasado, la Federación Médica
Colombiana estaba constituida en su mayoría por los Colegios
Médicos Departamentales y otras Sociedades Médicas y
Científicas; pero desde esa fecha, todas las organizaciones
médicas del país, de carácter científico,
gremial y sindical, incluida ASMEDAS, decidimos unirnos en torno a
ella, con excepción de la Academia Nacional de Medicina, pues
su reglamento se lo impide, pero nos acompaña en este proceso
y es invitada a las reuniones directivas.
El
proceso de unidad se aceleró por los efectos negativos de la
ley 100 sobre la salud de los colombianos, el incumplimiento en la
cobertura a pesar de que el producto interno bruto nacional dedicado
a salud pasó del 4% en 1993 al 11% en el momento actual, según
cifras gubernamentales, y por la amenaza real de la pérdida
para el país de todo un patrimonio formado por la
infraestructura médica y sanitaria y el conocimiento médico
profesional.
Porque,
pese a que el aseguramiento en salud, léase intermediación,
es uno de los cuatro grandes mejores negocios existentes actualmente
en Colombia, según las cifras arrojadas cada año por
las revistas Semana y Dinero, el 75% de las tutelas causadas por
inatención a enfermos, corresponden a eventos contemplados en
el Plan Obligatorio de Salud (POS), según informe de la
Defensoría del Pueblo.
Por
el hecho de que las empresas intermediadoras son las principales
corruptoras de médicos, pues cuando los contratan les ofrecen
pagos crecientes si “atienden” (yo digo: si registran en
sus estadísticas) mas “usuarios” en menos tiempo
del contemplado en la ley, les solicitan menos exámenes de
ayudas diagnósticas y menos interconsultas a especialistas. El
cumplimiento de estas acciones por parte del médico se premia
con dinero. Pero si dichas exigencias son incumplidas, se le castiga
con la cancelación o no renovación del contrato. Tal
vez muchos oyentes colombianos escucharon en días pasados cómo
un programa radial corroboró tales prácticas cuando
uno de sus periodistas se hizo pasar por médico al responder
un aviso clasificado aparecido en un periódico de circulación
nacional, en el cual se ofrecía trabajo para médicos.
La
unidad médica es un hecho porque los médicos carecemos
de estabilidad laboral, pues la contratación actual eliminó
la relación patronal y, vaya paradoja, no tenemos seguridad
social, siendo quienes portamos y aplicamos el conocimiento para que
el sistema funcione.
Porque
las empresas intermediadoras realizan prácticas de desarrollo
monopólico para acrecentar sus ganancias, en desmedro de la
calidad de la salud, mediante la evasión de impuestos y la
pésima remuneración económica del trabajo médico
y de los demás profesionales y trabajadores del sector.
Estuvimos
presentes en el debate de reforma de la ley 100 de 1993 y lanzamos
propuestas positivas, presentando soluciones al problema. Sin
embargo, estas fueron asimiladas en el proyecto de ley 052 que, en
últimas, fortalece el negocio. Y es factible el
fortalecimiento de la salud como negocio puesto que la Constitución
Política de Colombia no la contempla en ninguno de sus
artículos como un derecho fundamental. En vez de ello, se
refiere sí al derecho al aseguramiento, derecho al que
solamente pueden acceder quienes lo pueden pagar, y reduce la Salud
Pública al limitado concepto de Saneamiento Ambiental. Quien
quiera corroborar lo anterior, sólo debe consultar la fuente,
que no es otra que la mismísima carta magna.
Es
por estas razones por las que proponemos una reforma constitucional
en lo atinente a salud. Y porque hemos aprendido que, debiendo ser la
salud un derecho fundamental de toda la sociedad, no lograremos ese
derecho sin la participación de la mayoría de la
población, que nos acompañe activamente y diga qué
deben contener las leyes que lo garanticen.
Ahora
bien. Una cosa es discrepar en criterios y puntos de vista, pero otra
es la mala intención y la diatriba mentirosa como ocurre con
la pluma del editorialista de El Mundo cuando invita al lector a que
lea la estabilidad laboral a que tenemos derecho todos los
colombianos como “jugosos sueldos” o “prebendas
obtenidas mediante presión sindical o contubernio con
administraciones venales”; pero, no contento con expresar su
postura negadora de los derechos laborales y privilegiadora de las
diferencias sociales (¿será que se cree de altísima
cuna y por eso está convencido de que sólo las personas
de su presunto linaje son las únicas que pueden aspirar a un
justo reconocimiento económico por su ejercicio profesional?)
pretende desvirtuar la esencia del acto médico, cual es la
confianza que debe acompañar siempre a la relación
médico-paciente. El editorial de El Mundo, mas que una
posición crítica razonada, expresa resentimiento
apasionado, amén de ignorancia, imposible de esconder, cuando
describe la situación de cobertura antes y después de
la ley 100 de 1993 (como si fuera lo mismo portar un carné que
acceder a los servicios), y limitación de criterio cuando, en
su interpretación de nuestras propuestas, restringe su verbo
descortés a la actitud contestataria queriendo minimizar la
magnitud del problema de la salud en Colombia, tal vez porque pueda
ser que quien lo escribe desconoce el concepto de salud.
Pues
sí, señor editorialista de El Mundo. Los médicos
colombianos estamos construyendo nuestro proyecto, mas aliados con
nuestros pacientes de lo que Usted cree. Hemos hecho aportes para
mejorar el POS o evitar su desmejoramiento; hemos participado en
discusiones y acciones para tratar de evitar el cierre de hospitales
o recuperar los que ha perdido la población que los necesita;
estamos permanentemente atentos al mejoramiento de la educación
médica continua durante el ejercicio profesional y muchas
otras acciones de interés nacional que su rabia le impide
imaginar o indagar.
Nuestra
solidaridad con los pacientes no es “pretendida” como
usted lo cree y escribe. Es real, es la rezón de ser, es el
imperativo ético y el origen de la profesión médica.
Eso es, en últimas, lo que vamos a rescatar en conjunto con
los enfermos y con quienes tengan o adquieran clara conciencia de que
el Estado debe ser garante de la salud y que, por lo tanto, esta debe
ser un Derecho Fundamental en Colombia, consagrado expresamente como
tal en nuestra Constitución Política.
Lo
invito a la reflexión y a la sana discusión, a que nos
conozcamos sin prejuicios y conversemos, a que debatamos en paz con
las armas de la razón. A nosotros y en particular a mí,
no nos gusta “botar corriente”. Eso es un desperdicio.
Atentamente,
SERGIO
ISAZA VILLA, M. D.
Presidente
FMC